Jorge Gumier Maier

Avatares del arte

La Hoja del Rojas
Año 2, Nº 11
Junio de 1989

Documents of Latin American and Latino Art, ICAA, The Museum of Fine Arts, Houston, Texas

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Avatares del arte

En el saturado y vibrante paisaje del mundo, la pintura se ha desleído. Como un fénix fatigado es necesario sostenerla en cada escena, en cada aparición. Pero es gracias a esta negatividad, a su insistente capricho, que es capaz, a veces, de recuperar su aliento sagrado.

Todo arte contemporáneo sería conceptual, de no ser bruto (como quería Dubuffet). En esta práctica estéril, equívoca (“A mí me gusta pintar. Incluso una puerta”, R. Rauschenberg), que se debate entre heredades y el hartazgo incesante de devenir otras cosas, toda obra, ante tamaño desamparo, se transforma en certificado de sí misma, en documento de su filiación, en apologética de su nimiedad, en rasgo paródico o vocación replicante. Esto da razón, por una parte, del gran tamaño compensatorio de las obras actuales y, por otra, de cierto sencillismo tan en boga, una especie de minimalismo omnicomprensivo: hay un minimalismo del expresionismo, un minimalismo del neoexpresionismo, un minimalismo del informalismo, uno para el revival de los años 50, una psicodelia minimal, e via cosí…

La obra busca entonces sustentarse en una propuesta. No se aprecian las obras, a la vista, sino lo interesante de la propuesta. La obra solo se mide como ilustración fallida o certera de una intención. Al amparo de esta ley se traman las originalidades.

Lo importante es el modo de producción de sentido de una obra.

Un desplazamiento del imaginario artístico.

Difuminación del arte en sus bordes, lo borroso de sus marcas. Ubicuidad y dispersión… Una práctica que se entiende como trabajo (creativo), más cope que pasión morbosa, ligado a la idea de disfrute, más cercano al oficio que a la creación, más próximo del ingenio que de la expresión subjetivada.

Difuminación que lleva al arte hasta los contornos del espectáculo. Ya es casi un lugar común afirmar que lo mejor, en el reino de lo visual, de la pasada Bienal de Arte Joven fueron sus desfiles de moda. Más exuberante, democrático y disparado, el año pasado aconteció el primer Certamen con el Arte en el Cuerpo, una idea y producción de Roberto Jacoby en la discoteca Palladium. Si el arte se había desacralizado, estas operaciones reinstalan un hedonismo pagano. El privilegio parece recostarse del lado del fruidor; el creador mismo, lejos ya de las tormentas y borrascas de otrora es, antes que nada, un fruidor de su talento y de su obra.

Cosecha adeptos el estomaguismo.

Lo hace entre quienes, zozobras mediante, nostalgian el dogma sólido y apacible de un arte de eficacias; una pintura que, de tan solo verla, nos golpee el estómago.

Suelen figurar o evocar estampas sociales y marginales, lo que los induce a ser gestuales y matéricos. Son desprolijos, rebeldes y se osan con lo feo.

En ellos todo se dirige hacia una forma de alto impacto. Algunos lo hacen con materiales de desecho, basura, trapos, una camada de materiales neo-nobles (arriba los de abajo).

Pintura también llamada visceral, comulgan con la vieja idea de que es lícito y factible perturbar y modificar al otro, y encima pretenden lograr esto con la visión de unos cuadros.

Creen, por ejemplo, que si pasa lo de La Tablada, no pueden seguir pintado lo que pintaban, que deben responder a eso con su obra, como si a alguien le importase.

Para esta clase de gente, la otra clase de gente estaría dormida o estupidizada, y se trataría de sacudirlos para que despierten a la vida y conciencia de las que ellos gozan.

El arte, lo sagrado, se escurre de las pretensiones, adolece de fugacidad, se instala donde no se lo nombra.